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Cada vez que una startup dice “vamos a levantar una ronda”, hay dos tipos de reacción: la madura, cuando eso responde a una estrategia real; y la automática, cuando suena a checklist porque “toca”. Y, lamentablemente, cada vez es más frecuente lo segundo.

El financiamiento está en boca de todos, pero en manos de pocos. No porque no se pueda hacer bien, sino porque a menudo se convierte en un objetivo en sí mismo que deslumbra el tablero: se presenta bonito en el deck, pero no guía decisiones. Se queda en el titular de LinkedIn, no baja al producto, al equipo ni al roadmap.

Y ojo, no se trata de demonizar las rondas. He acompañado proyectos que empezaron con expectativas grandilocuentes y terminaron volviendo a lo esencial: ¿para qué necesitamos capital? ¿Qué hitos compra esta ronda, más allá de la caja? ¿Cómo se conecta con usuarios reales y no solo con métricas que lucen bien? El capital, cuando es sano, no es un trofeo. Es un filtro estratégico. Ayuda a decir no. A priorizar. A decidir qué haces… y también qué no haces.

En estos años viendo compañías crecer, he visto de todo: equipos que realmente usan el dinero para acelerar lo que ya funciona y otros que lo usan para tapar lo que aún no funciona. Los primeros no necesitan proclamar que “han cerrado” cada semana, porque se nota: está en la experiencia de usuario, en la retención, en las decisiones que toman cuando nadie aplaude. Los segundos invierten más en anunciar la ronda que en merecerla. Y ahí es donde el financiamiento pierde fuerza y credibilidad.

Uno de los mayores errores es creer que tener dinero equivale a tener estrategia. Pero el dinero sin foco se quema rápido. Las personas no compran rondas: compran productos que resuelven problemas, equipos que inspiran confianza y una trayectoria que demuestra coherencia. Si eso falla, por muy brillante que sea tu nota de prensa, se nota.

El financiamiento no debería sonar a carrera de medallas. Debería sonar a dirección. A algo que tiene sentido aunque nadie lo aplauda. A una decisión interna más que a un claim externo. Si tienes que repetir constantemente que estás “levantando”, quizá aún no estás mostrando con hechos por qué merece la pena invertir en ti.

Y no, esto no va solo de VCs y valoraciones épicas. Va de tener una razón de ser que conecte con lo que haces y de elegir el vehículo adecuado para cada fase: quizá sea un SAFE pequeño para validar, quizá sea deuda para escalar sin diluirte, quizá sea no levantar aún. Resolver un problema real de forma honesta y medible también es estrategia financiera, aunque no suene épica.

Desde mi experiencia, cuando una startup tiene claro para qué necesita capital —y lo alinea con su producto, su equipo y sus métricas— el crecimiento es más coherente. No siempre más rápido, pero sí más sólido. Porque no se trata de convencer, sino de conectar y ejecutar.

Así que si estás pensando en tu próxima ronda y dudas de si es el momento o solo inercia… no escribas mejor tu deck. Alinea mejor tus hitos. Y después, comunícalo con la misma claridad con la que lo vas a ejecutar.

Eso no solo te hará financiable. Te hará relevante.