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Cada vez que alguien dice “voy a montar una startup”, hay dos maneras de entenderlo: como una aventura glamurizada de pitch decks y coworkings, o como un trabajo incómodo de validar hipótesis con poco tiempo y menos dinero. La primera luce bien en redes; la segunda es la única que funciona.

El mundo startup está en boca de todos, pero en manos de pocos. No porque sea imposible, sino porque a menudo se confunde “emprender” con “presentar”. Se queda en el plan, no baja a entrevistas con usuarios, a versiones feas pero útiles, a métricas que no mienten.

Y ojo, no va de romantizar el sufrimiento. Va de entender que una compañía nace resolviendo un dolor real con una solución que la gente elige dos veces: la primera por curiosidad, la segunda porque le sirve. Ahí empieza el producto–mercado. Todo lo demás es decoración.

Acompañando equipos, he visto de todo: founders que iteran cerca del cliente y otros que iteran cerca de su presentación. Los primeros no gastan energía explicando su visión; la muestran en retención, en NPS, en tickets que desaparecen del backlog. Los segundos viven entre features y rondas, sin un hilo claro que los una. Ahí es donde la startup se vuelve frágil.

Uno de los errores más comunes es pensar que crecer es añadir cosas. Casi siempre es lo contrario: quitar fricción, elegir un canal que ya funciona y exprimirlo, fijar un pricing que refleje valor, medir cohortes antes que campañas. Menos fuegos artificiales, más señal.

Una startup no debería sonar a eslogan de “disrupción”. Debería sonar a cadencia: hablar con usuarios cada semana, shippear mejoras pequeñas pero constantes, revisar métricas sin excusas, decidir rápido y barato. Si tienes que vender tu historia cada día, quizá aún no se nota en lo que entregas.

Y no, no todo es capital. A veces lo más estratégico es no levantar todavía: demostrar tracción con ingresos, financiar el aprendizaje con clientes, postergar la dilución hasta que haya una historia que se sostenga sola. Otras veces sí: usar la ronda para comprar tiempo y foco, no para maquillar problemas.

Desde mi experiencia, cuando un equipo alinea producto, go-to-market y caja, la compañía se vuelve más predecible. No siempre más rápida, pero sí más robusta. Porque no se trata de convencer inversores; se trata de convencer al usuario una y otra vez.

Así que si estás empezando y dudas de si tu startup va en serio… no mejores tu deck. Mejora tu conversación con clientes, tu métrica de retención y tu ritmo de entregas. Luego cuenta la historia con la misma claridad con la que la ejecutas.

Eso no solo te hará fundable. Te hará inevitable.